Centro Eros Sexual

El beso que hizo explotar al mundo

Por: Sara Regalado

Y comenzaré diciendo que estoy segura de haber tenido el mejor primer beso de la historia de la humanidad.
Estaba en tercero de secundaria en una escuela pública ubicada en una zona privilegiada del temible Estado de México: Ciudad Satélite, lo que hacía convivir a pubertos de diferentes situaciones sociales y culturales: desde hijos de familias “bien” que quizá apostaron por esa escuela por la cercanía de sus casas o de sus trabajos, pero también chavales provenientes de zonas populares y la gran mayoría, como yo, hijos de familias clasemedieras, que nos sentíamos afortunados por haber obtenido un lugar en la gloriosa Secundaria Estado de México No. 95, pero que envidiábamos un poco a nuestros vecinos del uniforme azul, de una secundaria privada que se encontraba a escasas dos cuadras. Mientras la mayoría de nosotros, los de la clásica vestimenta verde con gris, a la salida caminábamos por el circuito hacia Gustavo Baz o Periférico para tomar un micro de regreso a casa, nos topábamos con aquellos que a veces nos veían con desdén, otras con miedo y otras, estoy segura, también con envidia, y que esperaban a que sus padres pasaran a recogerlos en auto.

Ahí me enamoré de Diana. Por supuesto, no era la primera mujer de la que me enamoraba, quizá la primera fue mi maestra de kínder, a ella le siguió una compañera en la primaria. Me agarró “la edad de la punzada” (primero de secundaria) en Nayarit, en ese periodo me enamoré de mil mujeres más y abandoné ese estado del Pacífico a los 13 años con el corazón roto y la certeza de que ahí se había quedado el amor de mi vida.

Pero la conocí a ella y fue la primera vez que esas ideas de amor y cercanía no sólo estaban en mi cabeza. En segundo grado nos hicimos inseparables, ni siquiera recuerdo cómo comenzó nuestra amistad, pero pasábamos el recreo juntas, nos preguntábamos cosas de las clases, nos hablábamos por teléfono en las tardes… y lo más emocionante: nos gustaba abrazarnos, tomarnos de la mano, a veces a ella le daba por recargar su cuerpo en el mío mientras estábamos de pie, yo detrás de ella, platicando con otros compañeros. Esos instantes, fueran cortos o largos, se convertían en el suceso del día y por ratos como esos fue que comencé a traerla en mi mente, en mi olfato, en mi tacto, en mis fantasías… preámbulos perfectos para aquel primer beso.

En diciembre de 1999 estaba en la cartelera mexicana la cinta El sexto sentido, película que se convirtió en un hito porque humanizó el terror y le dio una razón de ser a todo lo terrorífico y sobrenatural.
No sabíamos lo que nos esperaba en la sala de cine, pero unos cuantos compañeros (incluida Diana) y yo, habíamos decidido gastar una tarde de nuestras vacaciones navideñas en pasar una tarde juntos viendo ese estreno. Yo llegué primero que nadie al punto de encuentro, después llegó Diana, por ella me enteré que un par de amigos ya no irían, a otra la estuvimos esperando un rato y no llegaba; afortunadamente aún los celulares estaban fuera de nuestro alcance, así que nos retiramos de ahí y por obra humana o divina todo estuvo puesto para tener una cita con la chica que me gustaba y a la que yo no le era indiferente, según sospechaba.

Vimos la película, recuerdo que me gustó pero no tanto como el aroma tan rico que me llegaba de mi acompañante, y con el que me distraía a cada rato. Salimos de la sala y comimos un helado mientras platicábamos ya con cierto tono de flirteo y caminábamos por los pasillos de la anticuadísima Plaza Satélite. Antes de que oscureciera decidimos regresar a casa. Caminamos todo el Circuito Puericultores, luego se convertía en Historiadores y después -la cosa mejorando- en Músicos, desde Plaza Satélite hasta Gustavo Baz. ¿Íbamos tomadas de la mano? No lo recuerdo, pero sí sé perfectamente en qué esquina nos detuvimos y nos quedamos abrazadas un largo rato sin decirnos nada, solo tan cercanas la una de la otra como para que me fuera posible sentir el golpeteo de su corazón y cómo el mío iba en aumento. Seguimos caminando y tres cuadras más adelante nos volvimos a detener, nos abrazamos nuevamente y esta vez yo estaba dispuesta a saber más de ella, de nosotras, de eso que nos estaba pasando.

Mientras yo acercaba mis labios cada vez más a los suyos ella se quedó quieta, no ayudaba a mi propósito, pero tampoco se alejaba. La distancia que en un momento parecía de kilómetros al fin terminó, por primera vez sentí como un beso es capaz de cimbrar toda la tierra, toda la existencia, de cambiar por completo las proporciones del tiempo y el espacio; fueron roces, apenas tímidos movimientos de labios, pero estoy segura que mi cuerpo, mi corazón, no hubieran aguantado más, con eso que pasaba ya nos deshacíamos, nos convertíamos en todas las emociones buenas, justas y luminosas del mundo. Nos separamos para no morir, para saber que seguíamos vivas, para saber que todo lo demás estaba ahí. Ya no faltaba mucho para llegar a Gustavo Baz, punto en el que se dividían nuestras rutas. Seguimos caminando, no había palabras, ni una sola, pero el diálogo entre nuestros pensamientos era un alborto: gritos, preguntas, risas, más preguntas… Nos despedimos con un rápido beso en la mejilla.

Esa noche llegué a casa de mi abuela. Recuerdo que había mucha gente, algo se festejaba y yo estuve ahí conviviendo de lo más extrañamente jovial y sociable; en realidad sentía cierta compasión por todos los ahí presentes, porque tenía la certeza de que nadie de ellos había tenido una felicidad tan desbordada como esa de la que yo era dueña en aquel momento.

Sara Regalado (Ciudad de México, 1985). Periodista. Se desempeñó como reportera, editora y articulista en el ámbito cultural del estado de Chiapas, donde publicó reportajes, entrevistas, crónicas y notas en el periódico Cuarto Poder y la revista Universa. Estuvo a cargo del Departamento de Difusión Cultural en la Facultad de Estudios Superiores (FES) Cuautitlán de la UNAM. Como parte de su formación continua ha estudiado diplomados sobre Apreciación Artística, Comunicación y filosofía, Marketing digital y Storytelling. Desde 2016 colabora en proyectos digitales de CulturaUNAM.

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