Centro Eros Sexual

«De la calle»

Créditos: Orlando Canseco y Verónica Oshun
Créditos: Orlando Canseco y Verónica Oshun

Por: Verónica Oshun

En estas líneas intento quitar el velo que tabús arcaicos e intereses hegemónicos muy vigentes han tendido sobre la explotación sexual y su relación con la cotidianeidad. Es un testimonio de mi paso por la industria sexual en México en sus distintas modalidades, tanto ilícitas como legalizadas, y las secuelas con las que tengo que lidiar actualmente, sin ninguna clase de asistencia gubernamental. Sirva para abonar en contra de la invisibilización y revictimización de  todas las mujeres en situación de explotación sexual y de las sobrevivientes.

Migré a CDMX con 15 años, huyendo de abusos físicos, psicológicos y sexuales en casa. Conocí a un joven muy agradable por Internet, me invitó a comer. Dijo que me veía cansada: él podía pagarme una habitación, y darme un masaje de pies. Dejó algunos billetes y salió despavorido. 

La historia se repitió con otras personas y muy pocas variaciones, en poco tiempo conseguí un “benefactor” de planta, veía la vida pasar desde la ventana de un Holiday Inn, salía casi todas las noches a Mundo E, tomábamos cerveza. Pasaron quizás meses: ni en el hotel, ni en el bar, ni los compañeros que una tarde llevó para presumirme, parecieron extrañarse de que una adolescente acompañara al respetable ingeniero.

Decidí “profesionalizarme”. También por internet, contacté al tipo que se convertiría en mi “pareja” y explotador. Él me transformó en “escort”, también me consiguió departamento, me compraba cosas lindas, íbamos a lugares cool.

En el fondo me sentía sola, era muy infeliz, él me pedía reclutar chicas y yo no podía decirles que era algo padre, no lo creía. Empecé a beber y fumar, él me insultaba y agredía, lo que parecía divertido en principio, ahora no lo era. De los “servicios” solía salir con ganas de llorar y el estómago revuelto, pero no podía negarme, una vez cerrada la puerta, el que paga manda, aunque digan lo contrario. Necesitaba dinero si no quería renunciar a mi “libertad”. 

Un día que sentí mucho miedo durante un “servicio” decidí que tenía suficiente. Todo se convirtió en un recuerdo insufrible. Pasaron años, con la maternidad llegó otro tipo de vulnerabilidad; desesperada por dinero, entré a un bar como “fichera”. Otra vez, parecía atractivo: mujeres riendo y maquillándose, “¿ya comiste mija? ¡sírvete doble!”, sólo había que conversar, beber y bailar. “Llegas a donde tú quieras” “Nadie puede obligarte a nada”, sí, claro. 

La primera noche, vi a una pequeña de 18 años beber hasta la inconsciencia y ser abusada por un hombre que podría ser su abuelo. Yo me fui pedísima pero consciente y con tantos billetes que me sentí en la cima del mundo… Hacerme la difícil funcionó por dos semanas, en tres más, entendí que cada vez tendría que ser menos quisquillosa para conseguir los ingresos a los que tan rápidamente me había acostumbrado. Me fui, pero regresé ocasionalmente cuando la urgencia era grande.

Años después entré a la universidad, con muchas deudas y mi interés por realizar investigación en torno al trabajo sexual, decidí regresar de fijo a los bares, para salir de mi apuro económico y escribir una autoetnografía. Durante esta investigación: sufrí tres violaciones, incontables abusos sexuales, me drogaron sin consentimiento, me privaron de mi libertad, amenazaron, acosaron, mordieron, explotaron; en una ocasión, de no ser por la intervención feroz de una compañera a la que no pudieron arrancarle la empatía, estoy segura de que hubiera terminada en algún baldío.

Un día que pude haber perdido definitivamente la libertad o la vida, decidí parar. 

Pasaron años, me prometí no volver, sentía que la siguiente era “la vencida”. Sabemos lo poco que vale la vida de “una puta” para la mayoría de las personas. 

Seguía sin aceptar el daño que había sufrido, pero mi cuerpo se negaba a olvidar y empecé a tener insomnio, dolores, gastritis, una colitis nerviosa tan brutal que pasaba días sin comer, en cama. 

Cuando una mujer tuvo el valor para contradecirme y explicarme porqué la prostitución era violenta aunque fuera consentida, me enfadé: ¿cómo podía saber lo que era mejor para mí? Mi cuerpo se rebeló. Sentí un dolor insoportable en el estómago. Ese día no cambié mi forma de pensar, pero la venda que cubría mis ojos empezó a caer. Ella había dado voz a mi memoria, al enunciar esa verdad dolorosa que mi cuerpo me había gritado por años pero no encontraba eco en el exterior. 

Ya no pude ignorar el daño que habían ejercido sobre mí, antes de que tuviera oportunidad de pensar siquiera sobre lo que estaba sucediéndome. No había tenido opción: fui usada, engañada, explotada, coaccionada, precarizada; tenía todo el derecho de estar indignada, triste, furiosa, de gritar, llorar y enloquecer. Sólo entonces el dolor que sentía ya todo el tiempo, en todo el cuerpo, fluyó.

Hoy, llevo casi un año en terapia. La sinfonía de dolores paró; pude entrar en contacto con mi cuerpo.

Algo que no te dicen cuando te invitan a sumarte a la industria sexual, es que al anteponer el deseo del otro-consumidor al deseo propio, sobre tu cuerpo-territorio, la experiencia será tan traumática, que para sobrevivirla te disociarás. La mente viaja lejos para ponerse a salvo del invasor que usurpó el control del cuerpo. En ese limbo entre realidad y fuga, un montón de emociones quedan atrapadas y una puede salir de pie fingiendo que no pasa nada. Pero esas emociones negadas buscan una salida y en el proceso, te desgarran. 

16 años después, he vuelto a mi infierno, buscando liberar aquellas emociones que me llevaron a quemar media vida en adicciones, trastornos alimenticios y conductas autodestructivas, encadenada por mi propia verdad reprimida. Cuando pude apropiarme de MI verdad, empecé a sanar. Soy de las afortunadas, porque sobreviví. Las cifras de asesinatos, suicidio y enfermedades de transmisión sexual son altísimas. 

Dicen que el 95% de las mujeres que se prostituyen lo hacen por necesidad o coacción, si yo hubiera contestado esa encuesta hace 5 años, habría dicho que lo hacía voluntariamente. Igual tengo que lidiar con secuelas psíquicas de según la OMS son equiparables con las de sobrevivientes de guerra, y de tortura. Si hacemos balances, todo lo que haya ganado no se compara con el coste de mi rehabilitación hasta ahora, y está comenzando. Ni mencionar el precio de ignorar la voz de mi cuerpo durante media vida.

No tengo palabras reconfortantes o esperanzadoras para terminar. 

Fue el Estado.

EXPLOT SEX

Una respuesta

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Es un Centro Integral de sexología que tiene como objetivo brindarte una red de promoción, atención y formación de salud sexual.

Se cuenta con la presencia de expertos profesionales de sexología (sexólogos, psicólogos, médicos, biólogos, educadores, etc.) quienes ofrecen sus conocimientos de manera teórica y práctica en diversas actividades.